¿Funciona en realidad el detector de mentiras?

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Todos hemos visto en las películas como a un sujeto acusado o sospechoso de haber cometido algún delito lo sientan en una silla, le ponen algunos sensores, le hacen algunas preguntas y un aparato es capaz de revelar si está diciendo la verdad o si, por el contrario, está mintiendo. Pero, ¿en verdad existen estos aparatos? ¿Se usan actualmente? ¿Cómo funcionan? ¿Cuál es su efectividad? Y, ¿es posible engañarlos? La finalidad de este artículo es responder a estas interrogantes.

¿En verdad existen los detectores de mentiras?

Por supuesto. El detector de mentiras, también llamado máquina de la verdad, es un instrumento que se utiliza para medir diversas respuestas fisiológicas del organismo de las personas a las que se les quiere interrogar y saber si están diciendo la verdad o si están mintiendo. Leonarde Keeler, del Departamento de Policía de Berkeley, California, es comúnmente considerado el inventor, en 1938, de esta máquina, cuyo test a aprobar suele llamarse prueba del polígrafo.

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¿Se usan actualmente?

El detector de mentiras tuvo el auge de su uso durante la segunda mitad del siglo XX, aunque hoy todavía es ampliamente usado, sobre todo por los organismos de inteligencia y las entidades policiacas de los Estados Unidos y Reino Unido. Todavía en algunos estados de los Estados Unidos suele usarse como prueba de descargo a favor del inculpado. Por su parte, algunas empresas de países de Europa occidental lo utilizan para la contratación de personal, sobre todo en el área de seguridad privada.

¿Cómo funcionan?

En la prueba participan el entrevistador, el sospechoso (entrevistado) y el intérprete de los resultados. La persona sospechosa se coloca en una silla común. A continuación, el intérprete coloca cuatro sensores en el cuerpo del sospechoso: un primer sensor mide el ritmo cardiaco, un segundo mide el sudor, un tercero monitorea la presión sanguínea y un cuarto detecta el ritmo de la respiración. El entrevistador inicia haciendo unas preguntas de base que le servirán para saber qué reflejos manifiesta el sospechoso cuando dice la verdad. Por ejemplo, le puede preguntar: “¿hoy es lunes?”, “¿tu nombre es Pedro?”, “¿estamos en el año 2006?”, “¿tienes 35 años?”. Las preguntas deben responderse con un sí o con un no. Cuando termina con las preguntas de base, el entrevistador comienza a hacer preguntas acosadoras que se relacionen con el delito que presuntamente cometió el sospechoso: “¿asesinaste a la señora Rodríguez?”, “¿le disparaste con una escopeta?”, por ejemplo. El mecanismo es simple: tomando como muestra los niveles de las preguntas base, cualquier registro anormal en la transpiración, la presión sanguínea, el ritmo cardiaco o la respiración indicarán que el sujeto está mintiendo.

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¿Cuál es su efectividad? ¿Es posible engañarlos?

Un informe de la Universidad de Washington reveló que, según un estudio realizado a 500 individuos, la prueba del detector de mentiras resultó eficaz solo para el 67% de los entrevistados. Ya en décadas anteriores la prueba del polígrafo había recibido críticas por su poca fiabilidad. Durante la guerra fría, espías rusos eran entrenados para confundir al intérprete de la prueba si tenían que someterse a ella. Para ello, aprendían a alterar sus resultados fisiológicos durante las preguntas base, ya sea mordiéndose la lengua o generando presión voluntaria en sus cabezas. Introducir una tachuela en el zapato era otra técnica empleada con relativa eficacia para engañar al polígrafo. La explicación está en que el dolor generado hace que la reacción fisiológica a todas las respuestas sea idéntica.

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