El amor de un hijo no tiene precio

El amor de un hijo no tiene precio



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Sé que muchas de las personas que suelen leer esta página son jóvenes, pero cada vez más hay matrimonios de edades tempranas que suelen tener hijos, por eso es que me atreví a compartirles esta poderosa reflexión que me encontré.

Es una pequeña historia acerca de un niño que le hace una petición muy importante a su padre. El final no te lo esperas. La verdad es que a mí me dejó muy emocionado.

Al leer esta historia, me quedé pensando si en verdad he valorado a mis hijos como ellos me valoran a mí. Porque, aunque no nos demos cuenta, su amor es incondicional, y esas tiernas criaturitas nos piden tan poco y nos dan tanto, que a veces llegamos a sentirnos culpables.

Nadie nos enseña a ser padres, eso es cierto, es algo que se aprende con la práctica, y cada día de paternidad es una lección que se suma a nuestra experiencia. Está bien equivocarse y cometer errores, no hay que reprochárselo.

Lo que sí está mal es no tener el propósito de enmendar y mejorar cada día para convertirnos en los padres que nuestros hijos requieren.

Si tú tienes un hijo, o dos, o los que fueren, ámalos, hazlo con todo tu corazón, porque un día ya no serán tus pequeñines y quizá añores los tiempos en que podías jugar con ellos y compartir con su ternura e inocencia.

Aquí te comparto, pues, esta historia, que estoy completamente seguro que te hará reflexionar:

Papá, ¿cuánto ganas?

La noche había caído ya. Sin embargo, un pequeño hacía grandes esfuerzos por no quedarse dormido; el motivo bien valía la pena: estaba esperando a su papá.

Los traviesos ojos iban cayendo pesadamente, cuando se abrió la puerta; el niño se incorporó como impulsado por un resorte, y soltó la pregunta que lo tenía tan inquieto:

-Papi, ¿cuánto ganas por hora? –dijo con ojos muy abiertos.

El padre, molesto y cansado, fue tajante en su respuesta:

-Mira hijo, eso ni siquiera tu madre lo sabe, no me molestes y vuelve a dormir, que ya es muy tarde.

-Si papi, sólo dime, ¿cuánto te pagan por una hora de trabajo? –reiteró suplicante el niño.

Contrariado, el padre apenas abrió la boca para decir:

-Ochocientos pesos.

-Papi, ¿me podrías prestar cuatrocientos pesos? –preguntó el pequeño.

El padre se enfureció, tomó al pequeño del brazo y en tono brusco le dijo:

-Así es que para eso querías saber cuánto gano, ¿no? Vete a dormir y no sigas fastidiando, muchacho…

El niño se alejó tímidamente y el padre, al meditar lo sucedido, comenzó a sentirse culpable: “Tal vez necesita algo”, pensó, y queriendo descargar su conciencia se asomó al cuarto de su hijo y con voz suave le preguntó:

-¿Duermes hijo?

-Dime papi, respondió él entre sueños.

-Aquí tienes el dinero que me pediste.

-Gracias papi –susurró el niño mientras metía su manita debajo de la almohada, de donde sacó unos billetes arrugados-. ¡Ya completé! –gritó jubiloso-.

-Tengo, ochocientos pesos… ahora papá:

¿Me podrías vender una hora de tu tiempo?